El otro día, en el departamento de Lengua y Literatura de mi instituto, estaba departiendo alegremente con una compañera mientras ella revisaba su correo (Hotmail) en el ordenador. Yo tenía que buscar unas cosillas por la red cuando ella terminara.
Y terminó. Y como me iba a poner yo, fue a la barra de direcciones, sin cerrar su sesión de Hotmail, escribió la dirección de Google y se quitó, tan campante, del ordenador, para que yo buscase la información que me hacía falta.
Por suerte para ella, a pesar de ser bastante cotilla, también soy un hombre de probada integridad, y además tengo un terror obsceno a que alguien husmee en mi intimidad (que ahora llaman privacidad), por lo que soy bastante respetuoso con la intimidad ajena. Así que me puse delante del ordenador, le dije “mira” e hice clic en la flecha de retroceso del Internet Explorer. Y, por supuesto, allí apareció su bandeja de entrada, con todos sus mensajes leídos y por leer, y con toda la información de su cuenta.
Y la enseñé a hacer clic en el botoncito que dice “Cerrar Sesión” en lo más alto de la página de Hotmail. Y la estuve sermoneando durante unas dos horas sobre la seguridad en la red, sobre que todo el mundo podría leer sus mensajes, ver sus fotos, escribir a sus contactos en su nombre, y lo que más me aterroriza, cualquier persona podría leer los mensajes que otras personas le han escrito, y que consideran privados.
Me pregunto cuánta gente hace lo mismo. Mi amigo Antonio, comentarista habitual en este blog, cuando quiere salir de Hotmail, simplemente cierra el navegador. Eso, por lo menos, hace que si lo vuelves a abrir te pida la contraseña, aunque estoy seguro de que cualquiera que esté en primer curso de hackerología sería capaz de acceder a su cuenta en cinco minutos. Pero me pongo a pensar en la cantidad de gente que tiene mi dirección de correo, todos los mensajes que he escrito, que naturalmente considero que han sido leídos exclusivamente por sus destinatarios, la información privada (no íntima, pero sí privada) que he repartido por doquier en los mensajes… y me echo a temblar, víctima de un terror arcano. Y creo que, hoy por hoy, la única solución, con tanto zote informático al que se le pone en las manos un ordenador, es dejar de escribir mensajes de correo. Quitando los del tipo “De acuerdo, quedamos a las 8″ y cosas por el estilo.
La gran arma del siglo XX, y parece que más todavía del XXI, es la información. Y nos piden una licencia para comprar y usar armas del siglo XIX, pero no nos la piden para manejar el arma del siglo XXI. No digo, líbreme Dios, que haya que prohibir ni restringir el acceso a la red ni a la información, pero por el amor hermoso, necesitas sacarte una licencia para conducir un maldito coche. ¿Qué tal un curso obligatorio sobre Internet y seguridad en Secundaria? Porque no hay nada más peligroso que un chimpancé con una metralleta.